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lunes, 26 de mayo de 2014

Todo lo que nace acaba muriendo

Alma cándida, ¿cuándo aprenderás a no enamorarte? Todo son problemas, es un asco. Si bien es cierto que al principio todo es ilusión, eso es todo, al principio. Cuando se comienza, la única preocupación que tienes es ser "dulce" y con pequeños detalles, y algunas pocas miradas se intenta convencer al otro que ha tomado la elección adecuada. Se vive con fervor, con pasión y con inocencia; con todo lo que tu piensas que es tu verdadero yo, cuando sólo es una pequeñísima parte de lo que realmente eres. 
Después se encamina el ecuador de la relación, donde se empieza a asimilar que una parte de ti pertenece a otra persona y viceversa. Se asoma por el rabillo de la inocencia tu personalidad, tus manías y tus desperfectos; entonces la otra persona comprende que nadie es perfecto y que algo malo tenías que tener. Al estar introduciéndose en la rutina, empieza a ser molesto quedar siempre con tu pareja, por lo que tus amigos te reclaman y tu aceptas. Aquí es cuando aparecen los problemas. Celos. Esos sentimientos son los peores que puedas experimentar, te conducen a malpensar e incluso cometer errores fatales. 
Finalmente llegan las discusiones y sale a la luz todo tu carácter, te asombras al ver  la cara oscura de tu pareja y te castigas interiormente por no haberlo visto venir, pero por culpa del "amor" no lo viste, y es así. 
Muchas personas comentan que pese a todo, estar enamorado es lo mejor que te puede pasar. Perdonadme pero no estoy de acuerdo. Si para sentirme bien tengo que sufrir al final -porque siempre todo tiene un final, venga antes o más tarde; tarde meses o años- entonces prefiero no sentir esa inocencia e ilusión. Veo injusto dar lo mejor de ti a una persona que con el tiempo no lo hace igual o que simplemente no te valora... Mi consejo: no te enamores, porque al fin y al cabo, aunque dure para siempre -poniendo como ejemplo el amor de nuestros padres o nuestros abuelos- el amor acaba muriendo.

sábado, 17 de mayo de 2014

Sueño del viernes noche.

Abro los ojos y me encuentro en lo que se asemeja a una habitación. Hay una cama, un tocador y un espejo de cuerpo entero con marco de hierro. Es curioso, este no es mi cuarto, ¿qué hago aquí?
Me incorporo y contemplo el magnífico dosel que tiene la cama, color blanco marfil decorado con pequeñas perlas en los bordes. Parece de otra época. Anduve hasta el espejo y observé entonces mi atuendo antes inadvertido; casi me da un vuelco el corazón cuando pude vislumbrar lo que traía puesto: mi pelo estaba ordenado en un semi recogido y no estaba para nada revuelto, no había ningún mechón fuera de su sitio, ni uno; apenas me detengo en el maquillaje ya que era casi inexistente, sólo pude distinguir un brillo de labios y un poco de rímel; por otro lado mi vestimenta era típicamente medieval, del siglo XVI aproximadamente. La falda era larga y de color burdeos, de satén; y el corpiño poseía pequeñas flores del mismo color que la falda sobre un fondo blanco. Espera un momento, volvamos a mi cara, mi cara... Esa no soy yo. Mis pómulos durante unos segundos se ven más rosados, mi nariz más definida y mis ojos son.. ¡¿Azules?! 
Inmediatamente pestañeo y mi falsa aparencia desaparece por completo, aunque no mi alrededor ni mis ropas. 
Paseo mi mirada por la estancia y la detengo en la puerta. Me entran unas ganas infinitas de salir, pero.. Bah salgo. 
Al otro lado de la puerta se encuentra un gran salón oscuro, iluminado por la luz de la luna y a los lados del salón unas infinitas escaleras llaman mi atención fijándome en la repisa que forman metros más arriba. Mentiría si todo este lugar no se asemejara a un castillo.
Y ahora que pienso, todo está vacío y parece que el lugar no haya estado habitado en años; sin embargo el inmueble está decorado adecuadamente como un típico castillo medieval. Me encantan los castillos medievales y el hecho de encontrarme sola no da indicios de alarmarme, sino todo lo contrario, sólo puedo hacer que correr por las escaleras y detenerme en la repisa imaginándome que soy como una princesa a la que todos observan. Si, he dicho princesa. 
Por un momento, mirando hacia abajo y a toda la estancia desde la perspectiva elevada, mi mente desea que el salón esté repleto de gente bailando y riendo como en la auténtica Edad Media. Como por arte de magia un hombre alto, con corona y pelirojo aparece detrás mía extendiéndome la mano dando indicio a posar la mía sobre la suya.
Extrañada le tiendo mi mano, ahora cubierta por un impresionante brazalete de piedras brillantes - a saber cuándo ha aparecido - mientras me conduce hacia las escaleras, bajándolas y pidiendo un brindis en medio del salón a salud de sus Majestades. Busco con mi mirada a los nombrados, pero me doy cuenta que ahora la estancia está repleta de aristócratas en reverencia hacia mí y el hombre pelirojo. 
Vale, y pensaba que parecía una princesa y resulta que soy la reina. Esto último logra desconcertarme del todo, pero no logro comprender el por qué no le doy tanta importancia de la que debería y me uno a bailar. 
Un gran ruido proveniente del exterior provoca que los asistentes se asusten y en consecuencia yo también; pero todo se vuelve negro.
Abro los ojos y compruebo que sigo en mi cuarto, y que el ruido que me ha sobresaltado segundos antes es el movil, tras haberse estrellado contra el suelo.