El único pensamiento que aborda tu mente es alcanzar esa posible luz. No sabes por qué te transmite paz, ya que está muy lejano, pero lo haces y no puedes hacer nada para no sentirlo.
Te dirijes hacia la luz con zancadas más grandes, y ésta va cogiendo forma de puerta. Cuando por fin la tienes delante, te detienes, intentando ver más allá de ella. Pero es inútil, tus ojos todavía no están acostumbrados al destello que emite.
Vuelves a escuchar ruidos detrás tuya, similares ahora a unos pasos acelerados; entonces tu mente despierta y no ves otra solución que la de introducirte en la luz.
Silencio. Una habitación de paredes, techo y suelo blancas te envuelve. Ya no hay oscuridad. Todo es paz y tranquilidad. Y una vez alcanzada tu protección, te limitas a dar gracias por haberla encontrado; sin preguntarte qué habría pasado de no haberla hallado a tiempo, o por qué se te ha presentado sin haberla pedido.
Sé feliz y disfruta de tu salvación y resguardo.
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