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sábado, 21 de septiembre de 2013

Desprecié y sigo despreciando ese beso.

Mis pies descalzos caminan vagamente por las calles de Wonderland. Me siento sucia, no recuerdo exactamente el momento en el que esto se me fue de las manos. La ambición me cegó, pero sé que voy a salir impune de esta situación, no pienso fallarme a mí misma, ahora no. Muchos creen saber una historia, pero solo saben cómo termina. Para llegar al núcleo de la historia, hay que volver al principio...
Era el día de mi decimocuarto cumpleaños. Recuerdo despertarme en plena mañana con el sonido del cántico de los pájaros, me costó abrir los ojos. Sentía deseos por permanecer en la cama, pero aquel día no era un día cualquiera, sino que era el día en el que el que ya sería considerada cómo una muchacha mayor de edad, en el que sería por fin la princesa Naomí. Todos los preparativos para la fiesta estaban en orden, excepto una cosa, la más importante de todas... no tenía vestido. Según mi madre el vestido estaba encargado desde hace semanas, pero por ella. Yo ni siquiera sabía de qué color era ni qué forma tendría, decía que era una "sorpresa" y hasta horas antes de la ceremonia, no podría verlo. Estuve nerviosa todo el día, pero convencida de que sería la mayor fiesta que ninguna princesa había dado nunca. Mis pensamientos de niña pequeña, acordes a mi edad, produjeron que se me pasara por la cabeza ideas como desfilar por delante de las demás invitadas mirándoles por encima del hombro y sonriendo maliciosamente.
Valió la pena esperar a la "sorpresa" de mi madre. Era un vestido de media manga azul con toques dorados; largo y ajustado a la cintura, pero con vuelo en la falda. Era realmente precioso, no podía ser menos. Llevé a cabo todos mis propósitos en la fiesta. Finalmente llegó el brindis:
-¡Buenas noches amigos!- comenzó mi padre- hoy es un día realmente maravilloso, no solo porque mi hija haya alcanzado la mayoría de edad, sino porque mi esposa y yo tenemos una noticia que comunicaros... ¡La reina está esperando un hijo!

Mi gran sonrisa se borró de mi cara. Se escucharon aplausos y otras felicitaciones hacia sus majestades, pero yo no podía pronunciar palabra alguna. Sabía que el rey ansiaba un heredero, pero no sabía que la gran noticia se produciría en mi cumpleaños, en el día más importante de mi corta vida. No me lo esperaba. Fingí alegrarme cuando mi padre se acercó para darle la enhorabuena, y para darme un tierno beso en la frente. Desprecié y sigo despreciando ese beso. Una indirecta demasiado directa que me comunicaba que yo no iba a ser la única heredera. Los años pasaron y el joven príncipe era la viva imagen de mi padre; ágil, inteligente, y justo, las tres cualidades que tiene que tener un buen rey. Le criaron con especial cuidado, ya que según me habían contado, antes de que yo naciera, la reina había tenido otro hijo que murió por causas desconocidas a la temprana edad de siete años. Mis cumpleaños siguientes fueron de menor interés, al contrario que mi hermano, que lo celebraban cómo si cada año fuera el último.

Mis celos aumentaron según pasaba el tiempo, y cuando tuve 22 años, mi padre me comprometió con un duque adinerado, pero nada que ver con el dinero que poseía la herencia del rey. En ese momento me di cuenta, tenía que actuar. Si no hacía algo, en menos de un año estaría casándome y perdería el derecho a la corona. Recordé entonces la anécdota de que mi hermano mayor murió por causas desconocidas... Surgió un plan.

Hice mis contactos en los bajos fondos de la ciudad, con gente despreciable que me daba nombres de los nobles de la corte, quiénes eran en secreto protestantes. Una vez hablado con dichos nobles, mi plan empezó a funcionar. Los nobles seducirían a las criadas y tutoras a cargo del príncipe, y mediante el soborno, ellas introducirían unos mililitros de veneno en su zumo del desayuno todos los días. Así, por tanto, el príncipe se iría poniendo cada vez peor y después de su octavo cumpleaños, moriría.


Solo hicieron falta un par de semanas para que el príncipe dejara de respirar para siempre. Tras unos días de luto, y confirmar que murió por causas "desconocidas", podía comenzar a saborear la corona. Pero mis planes se fueron al traste cuando un noble empezó a cantar, pobre de él... hice que el caso se volviera en su contra y al final acabaron decapitándole. Pero la duda no cesó, y un grupo de hombres de confianza de mi padre, se pusieron en mi contra. Ya no podía hacer nada más, así que me encerraron en la mazmorra. Mi prometido, el duque de Anjou, convencido de mi inocencia, logró liberarme de la cárcel, pero inmediatamente me abandonó, dejándome por estas frías calles a media noche a la suerte del destino.

- A todos aquellos que siempre quieren más. A veces el deseo de querer algo, llega a límites extremos.

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