Mis pies descalzos caminan
vagamente por las calles de Wonderland. Me siento sucia, no recuerdo
exactamente el momento en el que esto se me fue de las manos. La
ambición me cegó, pero sé que voy a salir impune de esta
situación, no pienso fallarme a mí misma, ahora no. Muchos creen
saber una historia, pero solo saben cómo termina. Para llegar al
núcleo de la historia, hay que volver al principio...
Era el día de mi decimocuarto
cumpleaños. Recuerdo despertarme en plena mañana con el sonido del
cántico de los pájaros, me costó abrir los ojos. Sentía deseos
por permanecer en la cama, pero aquel día no era un día cualquiera,
sino que era el día en el que el que ya sería considerada cómo una
muchacha mayor de edad, en el que sería por fin la princesa Naomí.
Todos los preparativos para la fiesta estaban en orden, excepto una
cosa, la más importante de todas... no tenía vestido. Según mi
madre el vestido estaba encargado desde hace semanas, pero por ella.
Yo ni siquiera sabía de qué color era ni qué forma tendría, decía
que era una "sorpresa" y hasta horas antes de la ceremonia,
no podría verlo. Estuve nerviosa todo el día, pero convencida de
que sería la mayor fiesta que ninguna princesa había dado nunca.
Mis pensamientos de niña pequeña, acordes a mi edad, produjeron que
se me pasara por la cabeza ideas como desfilar por delante de las
demás invitadas mirándoles por encima del hombro y sonriendo
maliciosamente.
Valió la pena esperar a la
"sorpresa" de mi madre. Era un vestido de media manga azul
con toques dorados; largo y ajustado a la cintura, pero con vuelo en
la falda. Era realmente precioso, no podía ser menos. Llevé a cabo
todos mis propósitos en la fiesta. Finalmente llegó el brindis:
-¡Buenas noches amigos!-
comenzó mi padre- hoy es un día realmente maravilloso, no solo
porque mi hija haya alcanzado la mayoría de edad, sino porque mi
esposa y yo tenemos una noticia que comunicaros... ¡La reina está
esperando un hijo!
Mi gran sonrisa se borró de mi
cara. Se escucharon aplausos y otras felicitaciones hacia sus
majestades, pero yo no podía pronunciar palabra alguna. Sabía que
el rey ansiaba un heredero, pero no sabía que la gran noticia se
produciría en mi cumpleaños, en el día más importante de mi corta
vida. No me lo esperaba. Fingí alegrarme cuando mi padre se acercó
para darle la enhorabuena, y para darme un tierno beso en la frente.
Desprecié y sigo despreciando ese beso. Una indirecta demasiado
directa que me comunicaba que yo no iba a ser la única heredera. Los
años pasaron y el joven príncipe era la viva imagen de mi padre;
ágil, inteligente, y justo, las tres cualidades que tiene que tener
un buen rey. Le criaron con especial cuidado, ya que según me habían
contado, antes de que yo naciera, la reina había tenido otro hijo
que murió por causas desconocidas a la temprana edad de siete años.
Mis cumpleaños siguientes fueron de menor interés, al contrario que
mi hermano, que lo celebraban cómo si cada año fuera el último.
Mis celos aumentaron según
pasaba el tiempo, y cuando tuve 22 años, mi padre me comprometió
con un duque adinerado, pero nada que ver con el dinero que poseía
la herencia del rey. En ese momento me di cuenta, tenía que actuar.
Si no hacía algo, en menos de un año estaría casándome y perdería
el derecho a la corona. Recordé entonces la anécdota de que mi
hermano mayor murió por causas desconocidas... Surgió un plan.
Hice mis contactos en los bajos
fondos de la ciudad, con gente despreciable que me daba nombres de
los nobles de la corte, quiénes eran en secreto protestantes. Una
vez hablado con dichos nobles, mi plan empezó a funcionar. Los
nobles seducirían a las criadas y tutoras a cargo del príncipe, y
mediante el soborno, ellas introducirían unos mililitros de veneno
en su zumo del desayuno todos los días. Así, por tanto, el príncipe
se iría poniendo cada vez peor y después de su octavo cumpleaños,
moriría.
Solo hicieron falta un par de
semanas para que el príncipe dejara de respirar para siempre. Tras
unos días de luto, y confirmar que murió por causas "desconocidas",
podía comenzar a saborear la corona. Pero mis planes se fueron al
traste cuando un noble empezó a cantar, pobre de él... hice que el
caso se volviera en su contra y al final acabaron decapitándole.
Pero la duda no cesó, y un grupo de hombres de confianza de mi
padre, se pusieron en mi contra. Ya no podía hacer nada más, así
que me encerraron en la mazmorra. Mi prometido, el duque de Anjou,
convencido de mi inocencia, logró liberarme de la cárcel, pero
inmediatamente me abandonó, dejándome por estas frías calles a
media noche a la suerte del destino.
- A todos aquellos que siempre quieren más. A veces el deseo de querer algo, llega a límites extremos.