Es increíble cómo unos pensamientos hacen que te cuestiones si seguir viviendo o dejar de hacerlo; cómo unas simples palabras destruyen todo tu ser; cómo tu ignorancia decide hacerles caso... Me siento culpable al pensar que en un tiempo ya pasado, he sido una más de esas voces críticas. Y ahora, es todo al contrario, soy la criticada. Me da rabia reconocer que he tenido que deslizar las afiladas tijeras sobre mis muñecas varias veces para sentirme mejor. Me da asco.
No logro comprender el por qué llegas a pensar eso, e incluso te dejas llevar por sus comentarios. Son sólo palabras, es cierto, pero hacen daño, mucho daño. Siempre he querido ser de esas personas a las que le da igual lo que piensen los demás y el qué dirán, pero no lo soy. Inconscientemente, también tengo la culpa de que me afecten dichos comentarios.
Cuando me dan ganas de mandarlo todo a la mierda, pienso lo más positivo que se me ocurre: "Siempre hay una solución". Pero esa frase no impide que se formulen nuevas cuestiones en mi cabeza sin respuesta alguna. Eso me lleva a no valorarme nuevamente, sentir que todo lo malo que le pasa a la gente que me rodea se lo produzco yo, y dirigirme nuevamente hacia el baño con las tijeras en la mano.
Algunas veces, normalmente cuando se acerca la primavera, incluso he decidido dejar que las marcas cicatricen y que, para que nadie sospeche sobre mis abrigadas ropas, vomitar para que por lo menos mi organismo sienta dolor y con el paso del tiempo, lo sienta yo. Pero apenas fueron unas veces las que mis dedos se introdujeron en mi garganta. Necesitaba sentir el dolor al instante, por lo que mis afiladas "amigas" volvieron a mis manos.
Ahora que ya ha pasado el tiempo, pienso en todo el dolor que me he provocado a mí misma y sé que no se va a volver a repetir, no de momento. Me encuentro en un estado de paz interior, en el que nada ni nadie puede traspasarlo o destruirlo. Siento que a partir de ahora, en este nuevo país, voy a ser feliz. Al fin siento que por primera vez, he tomado una buena decisión.
Todavía me duelen las marcas de los ya antiguos cortes cicatrizándose mientras bajo mis mangas del jersey, pero es algo ya habitual para mí. Si, siento dolor, pero es tan mínimo que se convierte en una molestia. Esas cicatrices sirven para recordarme el por qué estoy aquí y que no debo consentir volver a llegar a ese extremo.
Al principio me costó reconocer que mi mente estaba enferma, simplemente no lo quería asimilar. Le gritaba llorando a mi madre asegurando que no estaba loca y que eran mis problemas, solo míos; nadie tenía derecho a cuestionarlos y preguntar por ellos. Tuve que balancearme sobre la delgada línea entre la vida y la muerte para darme cuenta de que mi cabeza no regía de forma correcta y que, al parecer, sí que le importaba a alguien.
No recuerdo exactamente qué paso después de sumirme en el silencio. Lo último que recuerdo antes de despertar en el hospital es...
"Observo pacientemente sentada en el suelo terminar de llenarse la bañera. No pienso en nada, no es necesario, solo tengo una cosa clara: tengo que acabar con este sufrimiento. Cierro el grifo. Compruebo que la puerta está bien cerrada y con el pestillo. Me quito la ropa empezando por el jersey, después los pantalones, y así... Cojo las tijeras y me introduzco en el agua, está caliente, solo un poco. Respiro hondo y empiezo a presionar la punta del afilado metal en mi piel. La traspasa y las deslizo por mi brazo poco a poco hasta que empieza a sangrar. No es suficiente, así que comienzo a hacer pequeños cortes más rápidos y pequeños, pero efectivos. El agua se tiñe de rojo y noto un leve mareo hasta que no puedo sujetar más las tijeras, dejándolas caer al fondo de la bañera. Antes de que mis ojos se cierren por completo, deslizo mi cabeza hacia abajo, sumergiéndome así por completo en el agua. Todo es silencio y oscuridad".
-A todos aquellos que la vida les pone impedimentos para ser feliz. Rendirse hace que los problemas se vuelvan más grandes.